Tetas
Entraron
al playón haciendo repiquetear sus sandalias sobre el piso de piedra.
—Por más que la vea, la estatua de la
Diosa no deja de impresionarme.
—Es increíble, cada año la construyen
más grande. No sé de dónde sacan tanto
mimbre.
Amanda
y Laura sólo hablaban entre sí. A pesar
de que hacía bastante que participaban de las reuniones, no habían entablado
amistad con ninguna de las otras asistentes habituales. Las demás se mantenían en silencio o
cuchicheaban esporádicamente con la de al lado.
—La verdad que valió la pena haber
venido, aunque sea sólo para poder admirarla.
—Claro, y esas 20 tetas gigantes son
realmente imponentes. No hay nada más
femenino.
—Si no me doliera tanto la espalda,
te juro que te hacía caballito para que le pudieras tocar una, dicen que es lo
que más suerte dá.
—¡Ja!
¡Cállate loca, que nos van a correr por irrespetuosas! Con lo importante que es para las dos y lo
bien que nos hace venir a estas reuniones.
¿Así que..., te sigue doliendo mucho?
Lamentándose
por haberse puesto en evidencia, Amanda no respondió de inmediato. Lo hizo luego de que se sentaron ambas a un
costado del círculo que formaban las otras mujeres.
—Y si, mi doctor me dijo que tengo
tomado desde los ganglios hasta la columna, incluyendo los pulmones. Que no tiene sentido cortar más profundo… Yo trato de que no se me note y de hacerme la
valiente frente a las demás, pero te juro que sola a la noche, cuando me
acuesto, siento como si de la cama surgieran unas garras forradas de alambre de
púa que me abrazaran las costillas y se me hundieran en cada rincón del
pecho. Tengo ganas de que se termine
todo de una vez.
Al ver
la momentánea mirada de horror que puso su amiga, cambió el tono y bromeó con
exagerada sorna:
—¿Y vos, seguís haciéndote la vedette con ese médico jovencito, al que tanto te gusta mostrarle las tetas?
—¿Y vos, seguís haciéndote la vedette con ese médico jovencito, al que tanto te gusta mostrarle las tetas?
—Ja.
Lo ví ayer, me dijo que la piel ha cicatrizado los más bien, que en
otras circunstancias, hasta se podría considerar poner unos implantes para
recuperar un poco de mis curvas. ¿Te
imaginas? Volver a pavonearme por la calle
luciendo mis escotes, aunque me griten guarangadas los taxistas y los cerdos de
las obras en construcción. Reclinarme en
una barra y que no me cobren los tragos.
Animarme al fin a invitar a salir al doctorcito. Tener sexo otra vez, sin que tenga que ser de
espaldas…
Un poco
abochornada por su entusiasmo, Laura se cerró el collarín con las manos y
agregó:
—Ya no es necesario hacerme más rayos,
ni siquiera me duele…
—¡Ah, no puede ser! ¡Pará, no sigas, ya me lo veo venir! —interrumpió bruscamente Amanda.
—No grites así, que las demás nos
están mirando raro.
—¡No me importa si la misma estatua
se dá vuelta para vernos! ¡Te estás
echando para atrás, no es cierto?!
—Cómo puedes decirme eso, después de
que te acompañé todo este tiempo, hasta en los peores momentos… ¿Te olvidas que estuve contigo para tomarte
de la mano cuando despertaste de la cirugía después de que te habían ahuecado toda
la panza? ¡Yo fui la que estuvo mirando
fijo tu útero negro, ahí en el frasco, mientras te desintegrabas sobre mi
hombro!
—Si pero ahora me vas a dejar sola, porque
vos ¿no estás realmente terminal, verdad?
—preguntó Amanda.
—En realidad, el médico me ha dado
permiso para vivir hasta el martes. —repuso Laura.
—Y de todas formas, después de tantas
pérdidas que ambas hemos sufrido, de abortos espontáneos, de quedarnos solas, de
múltiples recaídas y de que todo lo que me sostenga al final no sean más que
sueños… (hizo una pausa para concluir terminante) …yo también estoy harta.
Como si
hubieran estado esperando a que la conversación terminara, las luces del enorme
playón se atenuaron, y salió al fin la Madre Sacerdotisa. Altísima y escultural, caminó despacio con la
roja túnica abierta, luciendo orgullosa las quemaduras y cicatrices que
cruzaban su pecho en una gigantesca equis.
Tras ubicarse en el centro del círculo, al pie de la estatua, levantó los brazos y gritó:
—Queridas hermanas,
démosle gracias a nuestra amada Diosa Patrona, la poderosa Diana Artemisa, la Cazadora del Éfeso; símbolo de la indoblegable fuerza de la femineidad;
y comencemos la ceremonia. Por favor,
las Ofrendas generosas que se han brindado como voluntarias, pasen al
frente. Ahora arrodíllense y beban de la
copa con la leche sagrada. Dejen
asentarse dentro suyo la lucidez y calma que la misma les provee. Luego de pie, hermanas. Despréndanse de sus túnicas carmesí y
muestren su desnudez a todo el séquito reunido.
¡Las demás: agradezcan
a vuestras hermanas por el obsequio que van a realizar para asegurar un año más
de vida y pervivencia a nuestra fecunda comunidad! ¡Alabadas sean!
Ya pueden entrar a la estatua ceremonial y subir a lo más alto.
Ya pueden entrar a la estatua ceremonial y subir a lo más alto.
A continuación, la
hermana Cremadora procederá a encender la llama de la purificación.
Sintieron
la profunda gratitud que emanaba de los ojos de las demás y con un último grito
pelado chillaron:
—¡Gloria a la Diosa, vamos a tu encuentro!
©Julián Aron

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