La fábula de Velyabinsk
“Había una vez,”—le contaba la abuela a su nietita —“una ciudad tan brillante que
todos los días amanecía antes de que la tocara el sol. Estaba ubicada en una lejana isla, construida
enteramente de cristal transparente y emplazada, a su vez, sobre gigantescas
columnas de cuarzo. Sus calles,
amplísimas y luminosas, se movían entre los edificios de forma elegante y
eficiente, conectándolos entre sí como si fueran parte de un gran juego de química,
intrincado y burbujeante. Las
construcciones se dejaban ver en todo su esplendor, prístinas y cristalinas,
altas como gigantes mitológicos, con sus entrañas al aire y siempre refulgentes. Cilindros pulidos de diferentes alturas y
enfrentados entre sí, como un gigantesco órgano de fuelle. Y como tal titánico instrumento musical
sonaba todos los años con la llegada del Solsticio de Zirconio.
Así, los habitantes se despertaban, diáfanos e
ilusionados, para comenzar con sus tareas cotidianas.
La gente solía vivir de manera solitaria, en
habitaciones individuales y hechas a su medida, de modo que los quehaceres
hogareños eran pocos y muy simples. Todo
podía hacerse mientras se admiraba a los vecinos a través de las paredes translúcidas,
desde el lustre y acicalamiento personal hasta los rituales de toilette. La intimidad era una noción desconocida para este
pueblo, sin necesidad de vestimenta ni maquillaje, dado que durante todo el año
la temperatura era cálida y constante.
A
Virilya no le gustaba esto, abrió los ojos y se sintió encandilada. Volvió a acurrucarse y le dió la espalda a la
pared cristalina y al mundo. Mientras se
decidía a levantarse, deseó fervientemente por una vez, no estar mostrándole el
culo a toda la ciudad antes del desayuno.
Los demás disfrutaban, al salir, de codearse
con sus pares y conocerse de la forma más absoluta. Largos y plateados cabellos al viento,
torsos, pechos y caderas al compás mientras se admiraban y reconocían. Disfrutando de sus formas tan variadas y del
musical tintinear que hacían rozándose unos con otros al caminar por las calles
repletas. Y por supuesto, el hipnótico
latir de sus órganos internos, de colores tan vívidos como frutas recién
cortadas. Podían ver desde sus pensamientos
más banales, aflorando de sus cerebros diamantinos; hasta sus deseos más
profundos escondidos en sus corazones magnéticos; al igual que lo que habían
desayunado esa mañana, hirviéndose aún dentro de sus esmeriladas tripas. Sus pieles de silicato los dejaban en
evidencia constante, así que no tenía sentido mentirse ni intentar cubrirse los
encantos, sólo admirar la belleza de la complejidad de sus cuerpos y su novedad.
Luego de este saludo matutino mutuo, todos se
dirigían a sus lugares de trabajo, igualmente importantes y esenciales para
cada aspecto de la comunidad. Sin orden
de jerarquía, algunos ciudadanos se alistaban a sembrar y luego recolectar las
cosechas de arenisca, vital para su sustento básico. Otros accionaban las gigantescas prensas que
producían las partículas de carbón, que luego serían mezcladas con jugo de
geodas derretidas, y así fabricar un brebaje muy necesario para fortalecer sus
mentes y estimular sus percepciones. A
la luz del Sol, fulguraba azul profundo, picante y sabroso. Para las féminas estaba reservada la tarea de
criar y ordeñar los dóciles pulgones de hematita, que producían una oscura
carne perlada y leche espesa, ambas ricas en hierro muy fragante.
´Su´ labor específica era
la de llevar a pastar al rebaño de pulgones.
Caminaba arrastrando los pies por las planicies cristalizadas durante
horas, apenas observando a sus animales.
La mente se le elevaba hacia lugares lejanos, más opacos y
misteriosos. Soñaba despierta con
parajes de sombras frescas y gentes oscuras a las que frecuentar.
Las
noches eran luminosas y violáceas,
el Sol no bajaba del todo. Ávidos
de conocerse e intimar, los habitantes de la ciudad de cristal se reunían
largamente, alternando de un anfitrión a otro.
Cada velada se formaban nuevas parejas, y surgían nuevos amores. A veces se mantenían o eran intercambiadas la
noche siguiente. Tenían la imperiosa
necesidad de encontrarse y comulgar con tantos como fuera posible. Con los corazones magnéticos atrayéndose, sus
sexos se volvían púrpura iridiscente al entrar en contacto, chocando entre sí
como carrillones dulces y templados. Los
tintineos se escuchaban hasta el amanecer.
Ella
dormía sola, su sexo purpúreo era asunto suyo.
Y finalmente se estaba acercando el día, luego
de casi un año de preparativos, la llegada del visitante que traería consigo un
nuevo Solsticio. Zafra, cosecha y ordeñe
estaban hechas, la ciudad se veía límpida y a punto, con sus columnas elevadas
y las intrincadas maquinarias de cuarzo del subsuelo, engrasadas. Sobre ellas, miles de recipientes
listos. Los residentes de las grandes
torres vidriadas se encontraban ahora reunidos todos en las calles. Eufóricos y expectantes de ver pasar al Asteroide
VE370, en su llegada anual. Canturreaban
y se abrazaban, felices de ver la culminación de toda una vida de trabajo y perseverancia.
Virilya,
en cambio, deambulaba solitaria como siempre, por la costa de acantilados al
extremo opuesto de la isla. Sin ninguna
intención de festejar a una tosca roca metálica llegada del enceguecedor cielo,
se consolaba en vez, mirando al oscuro mar de baquelita que rugía desde el
abismo. Malhumorada y con algo de
resentimiento, tropezó sin querer con el borde de las rocas y se precipitó a
las profundidades. El negro mar
embravecido la alejó de la orilla rápidamente sin que nadie la llegara a ver.
Momentos después llegó el asteroide. Pasó rasante por el firmamento en una gloriosa
estela amarilla, y al rozar la atmósfera como todos los años, dejó desprenderse
algunos fragmentos, que cayeron dibujando una curva, en el mar que rodeaba la
isla. Antes de que las personas pudieran
dejar de sonreír, el magnetismo de las piedras caídas les arrancó el corazón a
todos al unísono. La atracción de estas
hizo que los órganos atravesaran su frágil piel como si de frascos vacíos se
tratara. El resto del material genético
acumulado dentro de sus cuerpos transparentes, se deslizó inexorablemente por
las calles y se escurrió hacia las entrañas de la ciudad, que prontamente,
comenzó a procesarlo. Y así, como
recipientes descartados, murieron fundidos para fecundar y dejar crecer a una
nueva generación. Al día siguiente, el
sol ascendió a su punto más alto, en un nuevo Solsticio.
…y vivieron felices, al menos hasta el final,
en esa ciudad lejana.” —concluyó el cuento la abuela.
—¡Qué triste, abuela! Pobre
gente frágil y que nunca puede conocer a sus hijitos…
—Quizás algún día, querida niña, alguien se pueda al fin escapar
de ese ciclo eterno.
Mientras ésta se dormía en la penumbra, la
abuela Vivi observó complacida a su nieta y a su hermosa carita espejada, y
pensó en lo infinitamente frágil que podía ser la felicidad. Silenciosamente, dejó deslizar por su pulida
mejilla una sola lágrima de esmeralda.
©Julián Aron

Muy bueno, excelente ilustración, y además, rojo y negro mis favoritos.
ResponderEliminarExcelente! Esta es una de mis favoritas. Superpoética.
ResponderEliminar