¡Corré que nos agarra!

     ¡Pero la puta madre, se suponía que ibas a hacer guardia!  Así no tendríamos que estar huyendo como locos ahora.  Dejá, no trates de decirme nada y seguí corriendo.

     Al principio pensé que sabías lo que estabas haciendo, que podías ir preguntando entre los locales sin levantar sospechas.  Pero menos mal que me ocupé yo, sino no hubiéramos llegado demasiado lejos.  Un rumor solamente no nos iba a sacar de pobres.  Yo fui el que terminó consiguiendo la dirección del rancho y el que insistió en cortarnos solos para repartir entre nosotros lo que encontremos después.

     Quizás le pegué un poco de más a ese viejo Coya, pero al final nos terminó diciendo todo lo que sabía sobre el lugar.  ¡Si hasta nos señaló donde tenía guardada las palas y los picos!
Ya de por sí, era feo el guacho; desdentado y piojoso como poncho viejo.  Pero creo que lo dejamos peor.
     ¿Podés creer que no tenía nada de chupi, ni una puta ginebra?  Solamente esa mierda de chicha intomable.  ¡Que se la meta en el orto!  “Ojalá que los agarre el Carbunclo”, se quedó diciendo el loco, qué se yo.  Igual lo que le hiciste después a las vicuñas del corral no tiene nombre.  Si se llegara a enterar mamá se muere de vuelta.  Por lo menos sabemos que los picos están bien filosos, en eso tuviste razón.

     Se nos quedó la camioneta al costado del último sendero de ripio, ¿te acordás?    Por eso fue que tuvimos que hacer el resto a pie.  Te la pasaste quejándote todo el camino de subida, por el calor,  el sol que encandilaba, el peso de las herramientas, los arbustos pinchudos y la mar en coche.  Decías que nos habíamos perdido, pero después de una par de horas de trecho, lo encontramos.
     El cementerio no parecía gran cosa, pero yo tenía la punta de que de ahí se podían sacar chucherías muy valiosas, si uno era guapo, se las ingeniaba, y lo hacía todo antes de que se hiciera de noche.  No se veía a nadie en kilómetros a la redonda y de todas formas, estaba completamente protegido por los cardos y las cortaderas que lo rodeaban.  A mí lo único que me preocupaba, era tardar demasiado y ese rincón a lo lejos a donde el sol no daba y que a los dos nos parecía sospechoso.

     Fue frustrante.  Por las porquerías que desenterramos al principio, me pareció que eran todos panteones de indios pobres.  Algunas vasijas vacías, tinajas con cenizas y aquella momia con la que te ensañaste demasiado y le measte la cara.
     Te admito que el primero que vió los destellos entre las piedras de esa tumba del centro fuiste vos, hermano.  Sino, vaya uno a saber cuánto provecho le habríamos sacado al final a esta excursión.  Junto con las telas podridas que envolvían al bebé seco, encontramos todo lo que no había en el resto de las tumbas.  Varias joyas muy bien trabajadas, una mascarilla de oro, el colgante con forma de tortuga que tanto te gustó y un cuchillo de plata que no llegaste a ver y que, de queruza, me guardé en el morral.

     Nos engolosinamos demasiado, cavando y metiendo mano más de la cuenta.  Al final dejamos todo lleno de pozos y de cuerpos polvorientos tirados en la superficie y sólo sumamos un par de collares más.

      El asunto fue que, por tu culpa, se nos hizo tarde y nos tuvimos que quedar a pasar la noche en las afueras del cementerio, en el medio del monte, y muertos de frío.  Te insistí para que nos alejáramos lo más posible de aquel sector oscuro que parecía una madriguera de vizcachas y que montáramos guardia de a turnos.  Pero, si sabía que te ibas a quedar dormido la hacía yo primero.

     A mí me despertaron tus gritos.  Menos mal, porque después de atacarte a vos, el bicho se me vino encima como un carro blindado.  Lo primero que le ví fue ese caparazón enorme y brillante que se me acercó a todo lo que daba.  Para cuando llegué a distinguirle la cara  blanca y ensangrentada, ya me había despabilado del todo.  Se tragó tu lengua al paso y zapateó con sus patas de tortuga hasta que logró alcanzarme la pierna.  Con el cagazo que tenía, no llegué a sentir el arañazo.  Sólo recuerdo que manoteé como pude y alcancé a darle en el lomo con uno de los picos.  Cuando retrocedió gritando como un chancho degollado, ahí fue que te agarré y salimos corriendo.  Vos no te acordás ahora, por el shock o por toda la sangre que perdiste, pero otra vez te salvé el culito, hermano.

     Hay que seguir, todavía lo veo a lo lejos, entre los arbustos más altos.  Alcanzo a distinguir el brillo del caparazón con el pico clavado sobresaliéndole.  No te me desmayes ahora que me vas a hacer tropezar, y no quiero que nos alcance y tener de vuelta esa horrible cara de mono pálido y sin labios encima.  Por lo menos se despejó un poco y la luna nos deja ver este sendero de piedritas que acabo de encontrar entre la maraña.

     Aguantá un poco más, que allá a lo lejos, en la ladera del monte puedo ver una cueva.  Ese bicho paticorto no nos va a poder perseguir trepando las rocas de la entrada.  Se quedó ahí, esperándonos en la base, lo puedo ver dando vueltas y refunfuñando, buscando la forma de cazarnos.  Seguí trepando que ya casi llegamos.
     Mirá que pesás demasiado, y ya no puedo cargarte más.  ¡Carajo, si volvés a caerte, voy a tener que dejarte tirado en la ladera, en la fresca y como sacrificio humano! 

......

     Entremos en silencio, que acá nos vamos a poder esconder.  Es bien profundo esto.  La caverna está oscura pero no me importa.  Quedate acá conmigo, hay algo de este lugar que me hace sentir tranquilo.  Ya ni siquiera tengo frío, ¿y vos?   Bajemos un poco más por estos túneles, me parece que más adentro escucho risas.  Y guitarras... música…
©Julián Aron
  (con agradecimiento a Quique y sus libritos)

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