Punto Ciego

     Desde donde estoy, puedo ver la pista de baile, las ventanas que dan al parquecito exterior y no mucho más.  Mi mesa es una de las de atrás, semi escondida y estratégicamente ubicada en el cono de sombra que dejan las luces de colores y las tenues luminarias del techo.  Sólo el extraño velador-centro de mesa aporta fulgor suficiente como para apreciar algo de los platos servidos.  No es que tenga ganas de comer algo, todavía.

     Ya perdí la noción de hace cuántas horas que estoy acá, asqueado del ruido, aturdido por lo que tuve que tragar y agotado de mirar fijamente a los bailarines. La chica del vestido verde enfermizo sigue contoneándose frenética al costado de la pista, la observo por el rabillo y trato de ignorarla un poco más.

     La comida sigue llegando, servida por camareros silentes e implacables, que la acumulan en la penumbra refulgente del mantel.  La silueta de los platos me proporciona un momentáneo entretenimiento; tratar de discernir o más bien adivinar su contenido. ¿Serán entremeses calientes de frutos de mar, o purulentas tripas de dálmatas nonatos?  ¿Quizás pequeños cubos de queso rebozado, o trozos de sacerdote misionero con salsa amazónica?

     Da igual, de nuevo me giro completo hacia el jolgorio central, concentrándome en la masa en movimiento como si estuviera percibiendo un solo organismo pulsante y masivo.  Sin mirar a ningún punto fijo en particular, vuelvo a distinguir a la pareja de padres ancianos que se abrazan con impostada ternura, a los cuatro padrinos desaforados que sospechosamente festejan como si no hubiera un mañana, a las damas de compañía que se divierten y aúllan ignorantes de los gestos obscenos que les dirigen los hombres, casi al lado de sus nucas.  Discretamente, noto a los obvios familiares sacudiendo con orgullo a sus niños, con tanto entusiasmo que no entiendo cómo no les dislocan sus bracitos.  De pasada, veo también a la chica de verde, cuchicheando con otro igual a ella que le convida de su vaso, cómplice.  Algunos invitados alternan lugares,  danzando con unos y otros, sin dejar un solo hueco libre en ese aquelarre sudoroso y encastrado.  Y en el medio de todo, los extasiados novios, que por mas que quiera, no puedo recordar que me hayan invitado.

     Alzo la vista hacia el techo, y por un instante vuelvo a sentir su palpitar.  Como si arriba nuestro hubiera otra pista y más gente bailando y zapateando.  Y otra más por encima de ésta, y así ad eternum.  Vibra y transpira, y pequeñas escamas caen sobre las cabezas de todos.  A nadie parece importarle.

     Vuelvo a darle otro sorbo a la bebida que llevo en la mano, a pesar de que sé que cada trago me arrebata un año de vida y de salud.  Qué mas dá, exhausto como me siento, es al menos algo en lo que enfocarse.  Mientras, llegan más platos principales, que la lámpara decorada no alcanza a definir del todo.  ¿Qué diferencia hace si son rodajas de solomillo con salsa, o fetas cadavéricas de bebés recién bautizados?  ¿Papines rellenos con jengibre, o vejigas rebosantes con crema de gangrena?  ¿Chancros fritos, o lenguas sangrantes con crocante de último grito blasfemo?  No importa, de todas formas no creo llegar al postre.

     A la izquierda, la chica de verde abandona la pista junto a un candidato, hacia los ligustros del pequeño parquecito lateral.   Sin girar la cabeza, sigo su tranco serpenteante hasta que llega al extremo de mi visual y se pierde en un punto ciego.

     Mi pareja duerme al lado mío, borracha o envenenada, me dá lo mismo.  Los gritos de la pista y la música escalan a un nivel tal que logra quebrar lo que me queda de voluntad.  ¿Cuántas horas o meses hace que me encuentro sentado en este mismo lugar, tratando de no verlos por lo que son?  Siguiéndolos con el rabillo del ojo, sin apuntarlos y dejarlos en evidencia.  Ya soy el último que queda, exhausto y nauseoso, aborreciendo mi suerte y el haberme dado cuenta de sus verdaderos rostros.  El malestar que me producen mis entrañas me hace retorcerme en mi asiento, el dolor de los retortijones me obliga a subir la mirada, mientras veo pasar sudorosa a la chica del vestido verde enfermizo.  Por un instante nuestros ojos se cruzan, y resignado, le hago un gesto de reconocimiento con la cabeza.

     El dolor cede un poco y me reclino por un momento sobre la mesa.  Los platos infernales siguen ahí apilados iluminados tenuemente por el centro de mesa, del que hasta ese momento, no me había percatado que tiene la pantalla hecha de piel tatuada.  Mientras observo con horror como los pelitos de la lámpara se erizan, alcanzo a ver por la periferia de mi visión como la mujer del vestido verde se acerca hacia mi garganta con la boca desmesuradamente abierta. 
©Julián Aron

Comentarios

  1. Muy bueno! Un texto atrapante desde el principio hasta el final. Con muchas ganas de seguir leyendo

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