La Rejilla

     Vamos a dejarlo en claro desde el principio: Luna odiaba a su madre. Desde siempre, y con los años esta situación se había ido intensificando a tal punto que ya ni le hablaba en absoluto.  Ni una palabra en los últimos 3 años. 
     
     Su madre tampoco le tenía demasiado cariño.  Había sido concebida más por un mandato familiar que por un genuino y sincero deseo maternal.  Siendo madre de seis hijas mujeres, fue inevitable que Luna fuera el último tiro de suerte para romper la racha.  Pero no había funcionado.  Y el resentimiento de la mujer se hizo notar prácticamente desde el día en que Luna dio su primer rezongo.

     Creció rebelde y solitaria, pasando la mayor parte del día encerrada en su casa.  Siendo la menor, había heredado de sus hermanas (quienes la despreciaban por rara y por no ser tan bonita como ellas) las tareas del hogar.  Entre dentelladas y rabietas tenía que limpiar y recoger la basura que descuidadamente dejaban las demás, apañadas por Madre, que la trataba peor que ninguna.  En un intento de acostumbrarla a ser más femenina, la obligaba a usar tocados y vinchas coronadas por unos horrendos moños que a Luna le resultaban estorbosos y pesados.  En especial uno rojo con pintitas, al que detestaba con pasión animal.  Al mirarse al espejo no veía una niña de diez tratando de encontrar su rincón en el mundo, sino a un personaje de caricatura sometido a la autoridad de una falsa familia impuesta, de la que nada le gustaría más que poder escaparse.  Como es lógico, su angustia terminó por manifestarse en varios gestos: ya casi no dormía de corrido de noche, se quedaba deambulando por la casa hasta que amanecía y era momento de esconderse para evitar los reclamos de las demás.  También comenzó a arrancarse y comerse el cabello.  No sabía si era por el fastidio, los nervios o por un secreto deseo de afearse para no darle el gusto a Madre.  Así, con la cabeza rala, sus moños odiados y la constante suciedad en la que se mantenía, se resignó a no ser más que la mucama de aquella manada de hembras abusivas.

     —¡Levanta el trasero y ponte a hacer algo de provecho, alimaña perezosa!

     Era normal que la encontraran en las mañanas acurrucada en un rincón oscuro, somnolienta y desorientada, de reacciones torpes y los ojos pegoteados de lagañas.  Además, el pelo que de a poco se iba alojando en su estomago, le producía una constante acidez.

     Una noche en la que le habían encargado la repugnante tarea de destapar los desagües de las bañaderas de toda la casa fue que experimentó el primer cambio verdadero en su monótona vida.  Mientras abría la rejilla y se agachaba para meter la mano y extraer un puñado de pelo e inmundicia que bloqueaba la cañería, escuchó un lejano rumor de pasos.  Con intriga acercó la cara al orificio y alcanzó a ver, en la profundidad de la negrura, el brillo de unos ojos que la miraron durante un instante, para luego salir corriendo furtivamente, haciendo retumbar el eco de sus pisadas a la distancia.  Asustada cerró la trampilla, por miedo a que lo que fuera que habitaba ahí, decidiera salir a su encuentro.  Pero su curiosidad fue más fuerte, y esa misma noche, volvió a la rejilla para pegar la oreja a aquel mundo de libertad y aventura que se le presentaba por debajo de los cimientos de la casa.  Esto se fue convirtiendo en un hábito, en el momento más esperado de sus largas jornadas, una obsesión por escuchar y soñar con las andanzas nocturnas que podría realizar si tan solo se uniera a esas criaturas clandestinas.

     Eventualmente, el cabello que tragaba fue formando una bola de pelo en su estomago, taponándolo, y ocasionando que casi no sintiera necesidad alguna de comer.  Así, se fue volviendo cada vez más flaca y macilenta lo que colmaba aún más la paciencia de su madre, convencida de que su pequeña bestia, en un acto de suprema rebeldía, estaba vomitando el alimento para dejarse morir.  A partir de ese momento decidió encadenarla a la cama, para evitar que por las noches se fuera al baño a meterse los dedos en la garganta.  Previo a esto, la  obligaba a atiborrarse de comida a la hora de la cena, en una mesa apartada, por supuesto, para que no les diera asco a las demás.  Un acto de apaciguamiento de conciencia, más que de misericordia.

     Esto fue mucho más de lo que Luna pudo soportar, y en la siguiente noche de plenilunio, al fin dejó atrás su último ápice de humanidad.  Sentía que la bola de pelo de su estomago empezaba a crecer, como si quisiera de alguna forma aflorar por sus poros para cumplir con un oscuro propósito.  Comenzó a morder su mano izquierda hasta que pudo cercenarla y escapar de las cadenas que la ataban al poste de la cama.  Algo en su saliva, ácida y rancia, hizo que no se desangrara hasta que el resto de su cuerpo comenzara también a cambiar.  Primero se le alargaron las uñas de los pies y la mano restante, hasta formar una enormes garras de tres dedos, duras y amarillas, con las que se rasgó la sucia piyama que aún llevaba puesta.  Luego comenzó a crecerle una hirsuta capa de negro pelo por todo el cuerpo, incluso sobre la nariz y pómulos.  Su espalda se encorvó de tal forma, que ya no pudo mantenerse parada en dos patas y los vestigios de un apéndice peludo, se hicieron evidentes alargando su coxis.  Los huesos de su rostro, se fracturaron, para reconfigurarse en un hocico alargado y puntiagudo como un misil.  Incluso sus orejas se alargaron para elevarse y abrirse paso a través de la pelambre de su mollera.  La nueva Luna, era ahora más pequeña y compacta que antes, pero se sentía más segura de su condición y era definitivamente mucho más feroz.  Se encogió sobre el colchón en donde se encontraba parada, levantó la cabeza olfateando a la distancia y abrió la boca para dejar escurrirse por entre sus nuevos largos y puntiagudos dientes de adelante, un estridente chillido triunfal.  Al final saltó como un resorte y corrió a toda velocidad hacia el baño y su amada rejilla.  Con instintiva furia, rasguñó la tapa del desagüe, hasta arrancarla del marco, y contorsionando su cuerpo, penetró de a poco por la boca de las tuberías, hacia las sombras hediondas y la libertad.

     Allí se encontró con una legión que la estaba esperando, alertadas ya por su aroma.  La rodearon en la confluencia de las cloacas para recibirla con hospitalidad animal a pesar de que no era del todo igual a ellas y de que las doblaba en tamaño.  Por primera vez le hicieron sentir que podía formar parte de una familia feliz. 

     Sólo algo le quedaba por hacer, así que se dio vuelta chillando para que las demás la siguieran nuevamente hasta el final del caño y de la rejilla, que gracias a ella, ahora permanecía abierta.

     Entró primera, en aquella casa que ya no era suya, y guió a las demás hasta la habitación de la odiosa mujer que dormía pesadamente.  Salivó victoriosa, ninguna de ellas disputaría nunca su derecho a ser la primera en trepar a la cama.   El impacto y el agudo respingo despertaron de un sobresalto a la mujer.  Luna se acercó sin vacilar hacia su almohada y se detuvo a sólo 5 centímetros de su rostro.  A pesar de ya no ser la misma, Madre pudo reconocer en su mirada a su pequeña bestia, al tiempo que dejaba soltar un ahogado suspiro de terror y realización.  Pero sus reflejos no fueron lo suficientemente veloces para evitar que la criatura saltara y se introdujera salvajemente por su boca abierta.  La rata se abrió paso rasgando y mordiendo hasta que su huésped dejó al fin de patalear y retorcerse.  Después no le fue difícil escarbar una salida por el blando vientre.

     El aire fresco le supo tibio y salado.  Miró los ojos brillantes de sus nuevas hermanas peludas y con un pequeño chillido, las invitó generosa.  Tenían una última tarea que completar.  La noche de luna llena no duraría para siempre, pero ellas eran muchas, estaban dispuestas a ayudarla y ciertamente se hallaban hambrientas.
 ©Julián Aron

Comentarios

  1. Tenebroso e inquietante. Las descripciones son tan poderosas que me hacen ver en detalle todo lo vas narrando. Muy bueno.
    Y la ilustración, SIN PALABRAS.

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